El investigador pidió un borrador. Se llevó cuatro páginas, una conclusión elegante y una tarde entera de comprobación. La máquina había terminado. Él estaba empezando.

Una referencia apuntaba al libro correcto y a la página equivocada. Otra parecía perfecta hasta que él abrió el documento. La tercera existía. Fue como un pequeño día de fiesta.
Encima de la mesa, la pila de fuentes aumentaba. Debajo de la frase “hecho con IA” cabían horas de alguien buscando qué quería decir aquello. Cabían mal.
— Si la conclusión es errónea, ¿quién coge el teléfono?
El robot no había pedido que lo trataran como un autor infalible. Podía localizar documentos, separar versiones, poner fragmentos en relación. Eso fue lo que el investigador pidió en el segundo intento.

Esta vez, cada pasaje venía al lado de la fuente. El robot escaneaba; el investigador escribía. Una discrepancia quedó sin resolver hasta el día siguiente. Nadie necesitó aparentar certeza para terminar la página.
En la entrega, escribieron los papeles: organización de fuentes con asistencia; comprobación y decisión por el equipo. La responsabilidad siguió existiendo. Al menos ahora tenía una dirección.
El borrador aún salió rápido. El trabajo dejó de fingir que salía por sí solo.